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Adulto, ¿Yo?

Adulto, ¿Yo?
Redacción FlamaHaus
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¿Por qué cada vez menos gente se siente un adulto de verdad?

Cada vez aparece más la misma frase en conversaciones, memes o entrevistas:
“Tengo treinta y pico y todavía no me siento un adulto de verdad.”

No es una rareza personal. Es un cambio cultural bastante grande.

Durante casi toda la historia humana la vida era simple: niño y adulto. No había demasiadas zonas intermedias. El concepto de adolescencia, tal como lo entendemos hoy, es relativamente reciente. De hecho, se volvió popular en el siglo XX cuando las empresas empezaron a notar algo interesante: había un grupo de jóvenes que ya no eran niños, pero todavía no tenían responsabilidades adultas completas… y consumían muchísimo.

Así nació una nueva etapa cultural.

Durante décadas esa etapa fue corta. La adolescencia terminaba rápido porque la vida adulta empezaba temprano. Conseguir trabajo, formar pareja, tener hijos o independizarse eran pasos normales alrededor de los veinte años. Eso marcaba claramente el ingreso al mundo adulto.

Pero en las últimas décadas todo empezó a correrse.

La educación se extendió.
Los trabajos se volvieron más inestables.
Las ciudades se volvieron más caras.
Las trayectorias de vida empezaron a ser más largas y menos lineales.

Lo que antes ocurría a los veinte empezó a ocurrir a los treinta. A veces incluso más tarde.

Al mismo tiempo pasó algo todavía más fuerte: la cultura empezó a glorificar la juventud. La publicidad, las redes y la cultura pop repiten el mismo mensaje una y otra vez: lo joven es lo valioso. Lo joven es lo atractivo. Lo joven es lo relevante.

En ese escenario, la adultez dejó de verse como el momento fuerte de la vida y empezó a sentirse como el comienzo del declive.

Y cuando una etapa se percibe así, nadie quiere llegar demasiado rápido.

Por eso aparece una sensación bastante curiosa: mucha gente vive una vida adulta, pero siente que está interpretando un papel. Trabajan, pagan cuentas, toman decisiones importantes, pero internamente sienten que están “haciendo de adulto” más que siendo uno.

Incluso apareció una palabra para eso: adulting.

Se usa para describir tareas normales de la vida adulta —hacer trámites, ordenar la economía, pagar impuestos— como si fueran misiones de un juego. Como si uno se pusiera el uniforme de adulto por un rato y luego volviera a su versión real.

A todo esto se suma otro cambio enorme: vivimos mucho más que antes.

En poco más de un siglo la esperanza de vida casi se duplicó. Eso estira todas las etapas. Hay más tiempo para estudiar, explorar, cambiar de rumbo y equivocarse. La vida ya no parece una escalera corta sino un camino mucho más largo.

Las decisiones grandes se retrasan porque ahora hay tiempo para retrasarlas.

Tal vez por eso tanta gente siente que todavía no llegó a la adultez.

Pero hay una ironía interesante en todo esto.

Durante siglos nadie se preguntaba si se sentía adulto o no. La adultez no era una emoción ni una identidad psicológica. Era simplemente una función dentro de la sociedad.

Se trabajaba.
Se asumían responsabilidades.
Y con eso bastaba.

Quizás la adultez no desapareció.

Quizás lo único que pasó es que perdió marketing.