
El escritor más vendido del mundo te dice cómo escribe. Y por qué todo el mundo puede hacerlo mejor.
Stephen King publicó Mientras escribo en el año 2000, después de sobrevivir a un accidente que casi lo mata. Es parte memorias, parte manual de escritura y parte carta de amor al lenguaje. Y es, probablemente, el mejor libro sobre escribir que existe.
¿Alguna vez quisiste escribir y no sabés por dónde empezar?
¿Te bloqueás en la primera página? ¿Escribís tres oraciones y ya creés que es una porquería? ¿Pensás que para escribir bien necesitás un talento especial que o tenés desde que nacés o nunca vas a tener?
Si alguna de esas cosas te suena, este libro es para vos. Y si ya escribís, también.
Mientras escribo (título original: On Writing) no es un manual académico. Es la voz directa, honesta y a veces brutal de alguien que lleva más de cuatro décadas escribiendo para ganarse la vida. King no te explica la teoría narrativa. Te cuenta cómo funciona el oficio desde adentro: las obsesiones, los miedos, el alcohol, la rutina diaria, las dudas, el accidente que casi lo mató y cómo volvió a escribir desde una silla de ruedas, con la cadera rota.
El libro importa hoy porque vivimos en una época donde todo el mundo quiere contar algo y casi nadie sabe cómo. Las redes sociales crean la ilusión de que escribir es fácil. King demuestra que no lo es, pero que tampoco es un misterio.
La caja de herramientas del escritor
La metáfora central del libro es una caja de herramientas. King la tomó de su abuelo carpintero. La idea es simple: igual que un carpintero lleva sus herramientas a cada trabajo, un escritor necesita tener las suyas listas antes de sentarse a escribir.
¿Qué hay en esa caja? Cuatro niveles:
Nivel 2 – Gramática: No hace falta que seas un experto, pero hay que saber lo básico. Evitá la voz pasiva y desconfiá de los adverbios.
Nivel 3 – Elementos de estilo: Economía de palabras, párrafos que respiran, ritmo.
Nivel 4 – Lo demás: Descripción, diálogo, personajes. Todo lo que viene con la práctica.
Sobre los adverbios, King es implacable: «De adverbios está empedrado el infierno». No porque sean incorrectos, sino porque suelen ser una señal de miedo. El escritor que escribe «cerró firmemente la puerta» probablemente tiene miedo de que el lector no entienda. El escritor que confía en su prosa escribe «cerró la puerta» y listo.
Escribir: leer mucho, escribir mucho, y cerrar la puerta
Hay dos consejos que King repite hasta el cansancio, y los dos son gratuitos:
Sobre el proceso, King distingue dos momentos: escribir con la puerta cerrada y revisar con la puerta abierta. La primera versión es solo para vos. Nadie la ve. Nadie opina. Solo vos y la historia. Cuando terminás, guardás el manuscrito al menos seis semanas antes de releerlo. Así, cuando volvés, podés leerlo casi como si lo hubiera escrito otra persona.
El curriculum vitae: por qué importa saber de dónde venimos
Un tercio del libro son memorias. King nació en 1947. Su padre abandonó a la familia cuando él tenía dos años. Su madre crió a dos hijos sola, trabajando de lo que fuera. King empezó a escribir de chico, a vender historias en el colegio secundario, a publicar en revistas de terror por unos pocos dólares. Cuando terminó la universidad trabajó en una lavandería, lavando sábanas de hospitales con gusanos de langosta, mientras intentaba escribir novelas en una mesa que casi no entraba en su remolque.
No es una historia de talento inevitable. Es una historia de obstinación.
King escribió Carrie en la mesa que había puesto en el lavadero de su casa rodante. No creía en el libro. Tiró el primer borrador a la basura. Su mujer, Tabitha, lo encontró, lo leyó y le dijo que lo terminara. King lo terminó. Lo mandó a su editor. Cobró un adelanto de 2.500 dólares.
Después vendieron los derechos de tapa blanda por 400.000 dólares. King no lo podía creer. Llamó a su madre desde una cabina. Ella se lo tomó con más calma que él.
Era 1973. El año anterior, King ganaba 6.000 dólares anuales como maestro. El año siguiente, era escritor de tiempo completo.
King habla sin eufemismos de su adicción al alcohol y las drogas durante los años ochenta. Cuenta que escribió Cujo en ese período y casi no recuerda haberlo hecho. Que usaba cocaína mientras escribía Tommyknockers, con el corazón a 130 pulsaciones por minuto y algodón en las orejas para cortar la hemorragia nasal.
Su mujer organizó una intervención familiar. Volcó en la alfombra una bolsa con todo lo que encontró en su estudio: latas de cerveza, cocaína, pastillas, jarabe para la tos, elixir bucal que King se bebía porque tenía alcohol.
«Me dijo que me quería, que los chicos me querían, y que por eso no querían presenciar mi suicidio.» King fue a rehabilitación. Lleva décadas sin beber ni consumir drogas. Y escribe igual de bien, o mejor.
King desmonta el mito del artista que necesita las sustancias para crear: «Los escritores que se enganchan a determinadas sustancias no se diferencian en nada de los demás adictos. Las afirmaciones de que la droga y el alcohol son necesarios para atenuar un exceso de sensibilidad no pasan de ser la típica chorrada para justificarse.»
Vivir: el accidente y el regreso
El 19 de junio de 1999, King salió a caminar como todos los días. Una camioneta conducida por un hombre que miraba a su perro en el asiento de atrás lo atropelló a 80 km/h. King salió volando cuatro metros. La pierna rota en nueve puntos, cuatro costillas fracturadas, la rodilla destrozada, la columna astillada en ocho puntos, un pulmón perforado.
Cinco semanas después, desde una silla de ruedas, con la cadera en carne viva y sin poder estar sentado más de una hora seguida, volvió a escribir. No porque fuera un héroe. Porque escribir era lo que sabía hacer cuando todo lo demás fallaba.
Ese capítulo final es lo que convierte a un buen manual de escritura en un libro sobre la vida. King no termina con consejos técnicos. Termina contando por qué escribir importa: porque te sostiene cuando no hay nada más.
¿Es para vos?
10 preguntas para hacerse después de leerlo
Mientras escribo tiene sus límites. King escribe sobre novelas de género, y sus consejos sobre la trama (o su ausencia deliberada) no siempre aplican a otras formas narrativas. Tampoco es un libro que te diga cómo conseguir un agente literario o navegar el mundo editorial.
Lo que sí hace, y lo hace mejor que casi cualquier otro libro sobre el oficio, es convencerte de que escribir es trabajo, no magia. Que se aprende leyendo y escribiendo todos los días. Que el miedo no desaparece, pero se puede ignorar. Y que incluso con la cadera rota y la rodilla destrozada, con una sesión de cuarenta minutos antes de que el dolor se vuelva insoportable, se puede seguir poniendo palabras en la página.
Leelo. Y después, cerrá la puerta y escribí.









